¿Hado o Providencia?
Meditando en La casa de los espiritus
“Sospecho que todo lo ocurrido no es fortuito, sino que corresponde a un destino dibujado antes de mi nacimiento…Es un trazo tosco y torcido, pero ninguna pincelada es inútil…Cada pieza tiene una razón de ser tal como es…”
Estas líneas ocurren en las páginas finales de la gran novela de Isabel Allende, La Casa de Los Espíritus. Recomiendo mucho esta novela. Es una épica de generaciones múltiples de una familia en un país latinoamericano. La novela entrelaza la historia familiar con los cambios políticos. No quiero revelar demasiados detalles de la trama. Pero, quiero enfocarme en la idea filosófica de un destino determinado.
La trama está llena de tragedias. Y hacia al final, la narradora está contemplando vengarse de quienes le hicieron daño. Pero, rechaza la venganza. Los acontecimientos dolorosos en el libro forman una simetría misteriosa. Las tragedias que merecen venganza actualmente son eslabones en una serie de acontecimientos que finalmente adquiere un gran sentido. Incluso las cosas malas tienen un papel en la cadena de acontecimientos que desembocan finalmente en un resultado bueno. La narradora renuncia la venganza, porque incluso los malhechores son necesarios para el desarrollo benigno de los acontecimientos. Las generaciones, con todos los acontecimientos que rompen el corazón en su momento, forman un gran cuadro. No es tan bello en sus detalles pequeños, pero cuando consideramos el cuadro entero, todo tiene sentido.
La trama en la novela de Allende es muy impactante. En sus pequeños detalles, parece episódico. Es un caos de detalles de muchas personas en una familia grande. Pero, cuando consideramos los acontecimientos desde lejos, los acontecimientos no forman un caos. Vemos los vínculos causales entre las varias circunstancias. Decimos, sin esto, esto no puede ser posible…
Muchas veces he oído la frase, cada cosa ocurre por una razón. Es decir, nada ocurre sin un propósito grande. Ningún evento ocurre simplemente por azar.
Es una visión optimista de la vida. He oído también la idea de una muerte sin sentido. Por ejemplo, una persona muere muy joven, robada de una vida plena. Por el contrario, una muerte después de noventa años tiene sentido, o por lo menos es aceptable.
Esta visión tiene una base bíblica, pero con una cualificación crucial. En Romanos 8:28, San Pablo dice que “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito.” En este verso, encontramos la idea de que todas las circunstancias cooperan para el bien, incluso las cosas difíciles. Dios permite el mal para producir un bien mayor. En la novela de Allende, hay violaciones y tortura. Pero la narradora tiene una sensación de paz, porque los fragmentos de la historia de su familia tienen un sentido como un conjunto.
Pero, San Pablo implica una crucial excepción para esta final feliz, en la cual todo tiene sentido. Las circunstancias cooperan para el bien, para ellos que aman a Dios. Si amamos Dios, tenemos una voluntad buena, si estamos intentando hacer lo bien en el mundo, no somos invulnerables a mal, pero el mal genera al final un bien mayor. Pero, si no amamos a Dios, nos abrimos al caos. Las cosas no cooperan para el bien, si no amamos a Dios. Puede haber cosas trágicas que no tienen sentido, si no tenemos una orientación básica de amor a Dios.
Esta cualificación de San Pablo es una base para criticar la visión de la narradora en las paginas finales de La Casa. Es importante reconocer que una narradora—es decir, un personaje en la novela—escribe esas líneas sobre el destino. No son necesariamente las creencias de Allende. Las líneas sobre el destino representan quizás las ideas falibles de un personaje.
Estas líneas no tienen la cualificación de San Pablo. Es posible que todos los acontecimientos tengan sentido, para cualquier persona buena o mala. Hay un destino predeterminado que abarca cada persona. Hay un hado inevitable, que tiene una lógica que afecta a todos. No depende de la voluntad buena o su orientación a Dios.
Esta visión de un hado indiferente a la distinción entre el bien y mal puede servir como una justificación de mal y una complacencia en la presencia del mal. Si hay un hado fijo, no es necesario cambiar, arrepentirse, o luchar contra el mal. No se puede evitar el destino, y entonces es inútil preocuparse de las circunstancias.
La frase de San Pablo permite un espacio para nuestro libre albedrio. Con nuestra capacidad para la libre elección, podemos cambiar el rumbo de los acontecimientos. Si amamos a Dios, no evitaremos el mal, pero el mal que ocurra tendrá sentido. Pero, si no amamos a Dios, el mal que ocurra no tendrá sentido. Hay un destino y providencia, pero esto no quita nuestra responsabilidad sobre nosotros mismos.
Hay una historia en el antiguo testamento (el libro de Génesis, capítulos 37-50) que también tiene un mensaje de un destino misterioso, como si fuera una mano invisible que guía los acontecimientos. Es la historia de José. En resumen, los hermanos de José le vendieron como un esclavo. José fue a Egipto, donde descubrieron su capacidad para interpretar sueños. José se transforma en un líder de Egipto. Hay una hambruna en la tierra, y José, como un líder político, puede ayudar a sus hermanos. Es como el acto malo de los hermanos fue necesario. José jamás llegaría a Egipto, sin este acto malvado.
Pero, es el hado algo indiferente, ¿o es el hado dependiente de nuestra disposición? Creo que si José no fue un hombre bueno, su vida no tendría un arco lógico. Podemos introducir el caos en nuestras vidas, con una disposición indiferente a Dios. Si no buscamos a Dios, estamos vulnerables al desorden total. Cuando consideramos nuestras vidas, parecen un lío de azar y casualidad.
Las Moiras, Alexander Routhag


